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Romera de Los Realejos 2018 | Una romera que alimenta

La romería de Los Realejos comenzó mucho antes de que San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza salieran de la parroquia del Apóstol Santiago, pasadas las 13:30 horas. Mucho antes, de madrugada incluso, ya había vecinos que se afanaban en las cocinas de sus domicilios para que todo estuviera listo para cuando diera comienzo la celebración y que, así, esta cita con las tradiciones volviera a ser un rotundo éxito un año más.

Aramita Hernández y su familia ya saben lo que es madrugar para participar en esta celebración. Y es que llevan más de 25 años sin faltar a la romería y, como todos ellos reconocieron, se han convertido en “verdaderos profesionales” de esta romería. La carreta de esta familia cumplió este año un cuarto de siglo de historia pero la realejera recordó que, años antes de emplear este medio, “ya salíamos con burros, sobre los que cargábamos toda la comida para irla repartiendo”.

Y es que si por algo se caracteriza la romería de Los Realejos es por la cantidad de comida que vuela de una mano a otra durante la jornada. Antes de que finalizara la misa en la parroquia, los fogones comenzaron a funcionar y la carne fue cogiendo color para ser repartida entre vecinos y visitantes, que no dudaron en desplegar sus sillas en las aceras para hacerse con los mejores sitios del recorrido y llenarse las manos de huevos duros, turrón amasado, papas y rosquetes.

Las carretas –muchas de las cuales no son movidas por los tradicionales bueyes puesto que los desniveles de las calles realejeras hacen más seguro que estos vehículos se desplacen con motores– se mostraron repletas de ricos manjares. La familia de Aramita Hernández reconoció que esta cita se caracteriza por “el despliegue de comida” y, de ahí, que sea conocida como una de las que los asistentes salen mejor alimentados de toda la Isla. Pero no solo es la cantidad de alimentos lo que distingue a esta cita sino también la calidad de los platos que se reparten y que demuestran el amor y el respeto de los realejeros por esta cita anual.

Óscar Hernández y su grupo de amigos llevan más de 80 años fieles a esta cita celebrada cada mes de mayo con San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza. “Venimos desde que éramos pequeños y siempre montamos el mismo chiringuito”, relató el realejero, quien pasadas las doce del mediodía ya comenzaba a pasar los primeros pinchitos de carne por las brasas. “Nuestra carreta no se mueve mucho”, reconoció este vecino, puesto que su grupo de amigos prefiere instalar su parrilla en una de las calles cercanas a la parroquia y permanecer allí durante toda la jornada, en mitad del ir y venir de los asistentes.

La romería de Los Realejos puede presumir, además, por ser una de las celebraciones tinerfeñas en las que mejor se respeta la tradición de los trajes típicos. No importan la edad que se tenga para lucir la vestimenta de los ancestros, y eso es lo que se vio en las calles del casco de este municipio norteño, donde hasta las niñas más pequeñas lucían los vestidos al completo y a las que ni siquiera les faltaban las doradas argollas canarias. Los más pequeños de la casa demostraron gran devoción por los dos santos en torno a los que se celebra la romería y estuvieron muy atentos a la salida de las dos tallas de la parroquia del Apóstol Santiago. Precisamente allí comenzó la fiesta con los bailes protagonizados por los danzarines de El Hierro, que pueden presumir de llevar más de 40 años fieles a esta cita.

“Se puede mantener el respeto y hacer de esta celebración algo divertido y muy festivo”, comentaba una de las vecinas mientras Santa María de la Cabeza salía de la parroquia transportada por un grupo de mujeres que mecían la talla al ritmo de la música y lucían en sus rostros grandes sonrisas que anunciaban que la fiesta no había hecho más que comenzar. Las mujeres se convirtieron, así, en una de las grandes protagonistas de la jornada al encargarse de transportar a la Virgen durante el recorrido.

A pesar de que durante todo el día la lluvia estuvo amenazando el transcurso de la celebración, los ánimos jamás decayeron. Miguel González y sus vecinos siempre acuden a esta romería para lucir la piva –pequeña carreta que se engalana para las romerías– a la que dan forma cada año, y que tantas alegrías les ha dado puesto que en diferentes ocasiones han sido reconocidos con el premio que otorga el Ayuntamiento norteño. Tal y como explicaron, la piva de este año es una reproducción de la cruz realizada con motivo de las Fiestas de Mayo en la calle de El Sol de Los Realejos.

Este grupo de amigos, capitaneado por el ebanista Julio Mesa, llevan años destacando en la romería con estas creaciones, entre las que destacan una reproducción de la parroquia del Apóstol Santiago, un mago tocando la guitarra, una turronera o un telar. Muchos de los participantes de la romería no pudieron evitar pararse ante esta pequeña obra de arte donde, además, y como no podía ser de otra manera, se repartió una buena cantidad de comida. Y, así, entre chuleta y chuleta, ya estaban pensando en el tema que protagonizará la piva del próximo año.

La romería en honor a San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza es una de las que mayor recorrido tiene a lo largo de la historia tinerfeña y, así, más de 20.000 personas no quisieron faltar a esta cita. San Isidro Labrador lleva disfrutando del fervor de los campesinos desde el siglo XVII y ya en 1676 se celebró su primera festividad y la colocación de su imagen en la parroquia de Santiago Apóstol. Fue a finales del siglo XIX cuando la sencilla festividad recobró su aspecto más religioso, aunque jamás sin perder el sabor popular de las parrandas, las luchadas y los bailes. El pasado siglo, durante las primeras décadas, la cita sufrió diferentes modificaciones hasta desembocar en la actual romería. La jornada está declarada de Interés Turístico Nacional; sin embargo, las fiestas de Los Realejos también incluyen la romería chica, que se celebra cada 15 de mayo. Ambas citas son una explosión de colorido y tradición que demuestran que Los Realejos se encuentra en total contacto con su pasado y que la historia se puede revivir con respeto y con diversión a partes iguales. Sin que falte, por supuesto, un buen vaso de vino para acompañarlo.


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