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La artesana hilvana su futuro

El esfuerzo de la artesanía canaria por sobrevivir comienza a dar resultados. “Renovarse o morir”, ese es el lema que rige ahora su trabajo y que ha permitido al sector hilvanar bien su futuro. El hecho de que la población muestre un mayor interés por sus obras ahora modernizadas es de por sí una muy buena noticia, pero los puntos que el colectivo ha dado en busca de estabilidad aún no llegan a ser lo suficientemente fuertes. La feria de Pinolere de este año ha sido un fiel reflejo de esa situación. La afluencia a esta muestra fue tal que no había acabado y ya ayer al mediodía habían pasado por el recinto etnográfico de La Orotava unas 20.000 personas, más que en la pasada edición. Los 210 productores participantes estaban encantados, pero eso sí, muchos de ellos lamentaron que hubiera bastante gente con las manos vacías.

“Quien lo valora paga, pero es complicado”. Ese es el resumen que hizo Laura Expósito mientras hacía ganchillo en su stand. Lleva acudiendo a cita desde hace cinco años y no dudó a la hora de afirmar que esta XXXIII edición ha sido la mejor. A pesar de la cantidad de asistentes, el problema, según comentó la veinteañera, es que los beneficios que se saquen solo darán para “cubrir lo invertido”. Observa “un repunte del interés por la artesanía”, aunque sin embargo pide “lo justo para que pueda haber ventas y que retorne el dinero gastado”, asumió.

La sauzalera es una de esas muchas personas que luchan por conservar una tradición, una tarea difícil porque el problema es que no se puede “vivir” de ella, así que tiene su “trabajo aparte”. “Mínimo, mi tatarabuela enseñó ganchillo a mi bisabuela y así hasta que mi madre me enseñó a mí”. Después de la “pupa” que han hecho entre otros factores las grandes superficies, tanto ella como el resto de participantes en esta feria han optado por la “innovación” como posible solución.

En la muestra había desde llaveros, monederos y bolsas de ganchillo, gafas de sol de madera y rastas y trenzas por 25 euros; hasta bisutería elaborada con productos reciclados y papel, serones que en vez de ser utilizados para recoger fruta ahora son usados como decoración y lámparas de caña y mimbre. Estos productos son algunos ejemplos de los artículos que expusieron los más de 200 artesanos procedentes de las siete Islas, pero la feria dio especial protagonismo a los trajes típicos y tradicionales. El lema de esta edición fue “Puntadas con hilo” y sirvió de base para lanzar un mismo mensaje desde el recinto: “Vestirse de mag@ no es disfrazarte”. Esto era lo que podía leerse en los diversos carteles que colgaban de las paredes del museo etnográfico.

El pueblo de Sabinosa, en El Hierro, también tuvo su rinconcito especial este año. Manuel Álvarez destacó que el hecho de que en esta ocasión se haya rendido homenaje a este lugar supone “un gran honor, porque con esto se reconoce a un pueblo que ha mantenido sus tradiciones de generación en generación”. En su caso, él trabaja la cestería de mimbre y caña, aunque realmente no vive de esta labor sino que es aparejador. Teniendo esa profesión, el cuadragenario subrayó que decidió aprender hace dos años esta modalidad artesanal porque simplemente es “bonito” mantenerla.

Miles de personas pasaron ayer por el área dedicada a Sabinosa y por el resto de puestos que ofrecían todo tipo de obras y comida 100% canarias. Al mediodía, las zonas destinadas a la gastronomía estaban a reventar. Familias y amigos saboreaban unas buenas garbanzas, quesos, papas y vino mientras otros se deleitaban con las voces de Los Gofiones. Ellos eran el plato fuerte del último día de la Feria Regional de Artesanía de Pinolere, que cerró sus puertas a las nueve de la noche después de una jornada intensa.

La jarana montada llegaba al exterior. Fuera del recinto, centenares de vehículos buscaban aparcamientos al mismo tiempo a la vez que decenas de personas hacían cola para comprar sus entradas. Otros optaron por saltarse todo eso y subir hasta lo alto de La Orotava en guagua, que para eso se estableció servicio gratuito durante los tres días de duración. El gerente de la Asociación Cultural Pinolere, Jesús García, mostró ayer su satisfacción por los resultados obtenidos en esta edición. Aparte de resaltar la gran afluencia recibida hasta ese momento, según sus cálculos unas 22.000 personas, “por encima del año pasado”, destacó que muchos optaron por utilizar el transporte contratado, lo que facilitó la logística de la celebración. Ana Díaz, de Los Realejos, fue una de las que decidió subir en autobús. “Está muy bien, porque se facilita la llegada y puedes comprar la entrada abajo”. Hacía “unos cinco o seis años” que no acudía a la feria y esta vez decidió acercarse para pasar un buen rato “y comprar alguito”. Al hacer memoria, confirmó que la muestra “ha mejorado”.

Raúl Rodríguez, de Tegueste, opinó igual que ella. Asiste “casi todos los años” y, como “cada vez está mejor”, optó por animar a su pareja. Para Ainhoa Chico era su primera vez, y la impresión fue buena. “Me encanta. Hay cosas muy canarias y me pillas con el dinero en la mano para comprar una pulsera. Los precios parecen económicos y la combinación de la música con la comida invita a venir”, explicó la chicharrera de 24 años.

Paloma Lima también se compró una pulsera. Ya la llevaba puesta, y con su otra mano agarraba una cartera hecha por su madre mientras recorría los centenares de puestos junto a ella y su padre. A esta familia de orotavenses la feria le quedaba cerca. “Se ve mucho trabajo a mano, laborioso y con dedicación, aunque lo que más me gusta es la alfarería”, comentó Germán. Para su hija de 10 años, por el contrario, lo mejor fueron “las marionetas de gomaespuma”.

Los tres recorrieron las instalaciones acompañados por la música y el buen tiempo. Las nubes decidían pasarse de vez en cuando para refrescar el lugar y los árboles del museo ofrecían su sombra a los miles de transeúntes. Algunos paraban bajo ellos para refrescarse con una caña. Otros no paraban de ir de stand en stand. “¿A cuánto es este bolso?”, le preguntó una cliente a Daniel Ortiz. Este es su tercer año participando en Pinolere y para él la edición que terminó ayer fue la mejor. “Hay otros que dicen que no, pero dependerá de la calidad del producto y de los artículos que se vengan”, puntualizó.

En su caso, no tenía dudas de que esta era “mucho mejor” que las otras dos anteriores. En su espacio ofrecía carteras, cintos, fundas para móviles… Todo era de cuero, así que tenía obras que iban desde los 20 a los 100 euros. “Lo que más salen son los objetos utilitarios, con precios más bajos, y la verdad es que con lo más caro gano menos”, resumió. Este ?santaursulero se metió en el mundo de la marroquinería de forma autodidacta y después de quedarse en el paro. Exactamente, trabajaba en la construcción, “como la mitad de los canarios”, y el problema es que se quedó en el paro.

“Con 40 años es muy difícil que te llamen para un empleo”, así que “tienes que cambiar de profesión”. Estuvo unos tres años aprendiendo este arte curtido y lleva desde hace dos dedicándose a esto de manera “seria”. Los fines de semana acude al mercadillo de Tacoronte y ayer estaba en la Villa para vender. “No te haces rico, pero da porque el cuero es un material muy deseado”, indicó Daniel.

A su lado, Leoncio Acosta, de 61 años, lleva participando en esta feria desde hace unos 20 años, y lo de él “son las cucharas y las guindadoras”. Este orotavense de La Florida Alta aprendió a trabajar con la madera como miniaturista por sí solo, “viéndolo hacer y luego a base de que me saliera mal y repitiéndolo”. Eso fue “hace más de dos décadas” y, ahora, ya jubilado, invierte parte de su tiempo en hacer utensilios. “Pajareras no, porque la artrosis no me deja”, puntualizó. Aunque señaló que la muestra ha ido “mejorando”, se mostró precavido “hasta hacer la caja”.

Laura, Manuel, Daniel y Leoncio son solo cuatro ejemplos de todas las personas que intentan que la artesanía sobreviva, no solo por formar parte de la tradición y la cultura canaria, sino también porque ha pasado a convertirse en un posible medio de vida.


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