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Brexit duro | Economía | EL PAÍS

Los británicos decidieron salir de la Unión Europea en junio de 2016. El referéndum refrenda, pero como se ha demostrado, no había plan para salir. Por lo tanto, David Cameron planteó un plebiscito, lo perdió, dimitió y dejó al Reino Unido sin Gobierno. Theresa May hizo campaña advirtiendo a los británicos que el Brexit tendría consecuencias negativas para sus vidas. Luego tuvo que liderar la negociación del Brexit con Bruselas sin que ni ella misma se creyera lo que defendía. Su primer viaje fue a la India y a Pakistán y les propuso resucitar la Commonwealth. Los indios y los paquistaníes le dijeron que su interés ahora es Asia y que no necesitan para nada el Reino Unido. El siguiente viaje fue a Washington, donde Donald Trump la humilló públicamente mostrando total desprecio por su relación transatlántica. 

La élite británica despertaba de su ensoñación. Durante décadas habían delegado en la diplomacia de Bruselas la relación con el resto de países y descubrían lo complicado que es el mundo actual siendo un pequeño país de 66 millones de habitantes que solo supone el 2% del PIB mundial, la mitad que en 1980 y el doble que en 2050. La estrategia fue no hacer nada y forzar el choque de trenes. Bruselas no ha cedido, la colisión está próxima y Londres no tiene plan.

Muchos británicos votaron salir de la Unión Europea convencidos de que vivirían mejor y aún lo siguen creyendo. Y otros muchos tienen disonancia cognitiva. Pensaban que el Brexit sería un desastre pero necesitan trabajar y un sueldo para dar de comer a sus hijos. Los psicólogos nos enseñan que en esos dilemas extremos el cerebro humano prioriza la supervivencia y se cambian las ideas y los valores. Lo racional sería que este Gobierno u otro nuevo le dijera a su sociedad la verdad, aprovechar la prórroga que van a solicitar y minimizar las consecuencias del choque.

Pero eso sería un suicidio político y la prórroga parece una patada a seguir, por lo que es probable que el choque de trenes se acabe produciendo. Eso provocaría el caos en los aeropuertos con aviones que no podrían despegar, camiones con alimentos atrapados en los puertos a la espera de pasar la aduana y de nuevo policía en las casetas de la frontera de Irlanda del Norte con Irlanda y largas colas para cruzar. Entonces muchos británicos despertarán de su sueño y esperemos que haya vida inteligente para negociar un acuerdo.

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